martes, 9 de mayo de 2017

El juego

    Un día cualquiera ya no recuerdas donde está la llave. La buscas ansiosamente, llena de furia y maldiciendo el despiste de tu mente que contrariada no entiende que busques algo que arrojaste al vacío de la memoria. Un día, sin más, todo se calma, todo cesa. Esa llave nunca volvió a aparecer y tú nunca más abriste aquella puerta que estaba destinada al fracaso, así es como un corazón roto se reestructura.

    Ya no tocarás al umbral de quien tampoco espera y de quien tú ya no sigues, y ya no mirarás algo que era invisible incluso para aquellos ojos que ciegamente veían esperanza en las ruinas del alma. Inconscientemente, llamabas insensato a quien te dijera que la llave que querías encontrar la habías tirado hacía tiempo a lo inefable del tiempo pero, ¿qué ibas a saber tú si ni siquiera comprendías que la vida transforma en un segundo lo que lleva un letargo pidiendo un cambio?

    La madurez llega y toca a tu puerta cuando un día ya no recuerdas por qué duele aunque a veces escueza, y de esa única manera, entiendes que la llave tampoco quiere que la encuentres porque en un momento determinado de nuestra existencia nos cansamos de jugar al primerizo e inexperto escondite.

    Sin embargo, seguiremos siendo niños adictos al juego pero ya no buscaremos ilusiones ficticias en ese intervalo de tiempo donde buscas, buscas, buscas y vuelves a buscar y solo encuentras el reflejo de una niña que tiene miedo a ser mayor y a mentalizarse de que todo pasa, porque la fluidez del tiempo la marcan nuestras decisiones ante lo que vamos conformando, ante lo que vamos viviendo mientras nos escondemos de la muerte y buscamos esperanza al final del túnel. Ese es el verdadero juego del escondite en el que participamos todos durante nuestra vida. 

Beatriz Morales Fernández 

No hay comentarios:

Publicar un comentario